BUENOS AIRES SIGLO XX

Contar la historia de un país, es contar también la de su gente. Para entender el presente es necesario repasar el pasado y eso es lo que intento a través de este blog, con un agregado personal, contar la historia de mi familia dentro del contexto sociopolítico de la Argentina. La historia debería ser leída desde la primera entrada, donde narro mi partida del país hacia Europa, el viaje justamente inverso que hiciera mi abuelo Francisco con una maleta cargada de sueños y la esperanza de un mañana mejor.

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miércoles, 17 de noviembre de 2010

CRUZANDO EL CHARCO

Llegó el momento que había soñado pero a la vez tan temido. Mi vida se partiría en dos en el mismo momento en que subiera a ese avión, esa enorme mole de hierro alada que cruzaría el gran Océano para llevarme a la madre patria, esa que que nunca supo conquistarme pero que ahora me abría los brazos y me ofrecía cobijo y algo de estabilidad. Por un lado quedaban mis afectos, mis costumbres y todo lo que fui y por el otro se abría un abanico de oportunidades tentadoras, prometedoras pero a la vez inciertas. No sólo eran las ganas de progresar lo que me impulsaba a la aventura, también lo era el deseo de salir y ver un mundo distinto para saber donde estaba parado. Es difícil hacer una valoración de las cosas cuando sólo se conoce una porción de la realidad y de la otra  sólo se escuchan historias y anécdotas. No hay nada como el contacto en primera persona para saber que se siente al estar del otro lado. Y yo estaba a punto de cruzarlo. Me encontraba en las salas del aeropuerto de Ezeiza y sabía que quedaba poco para empezar una nueva vida en la cual no estarían ninguno de mis seres queridos. Me sentía como dentro de una película, veía todo a mi alrededor como si fuera un sueño, estaban muchos de mis amigos, mis padres, era el último adiós. Miré la cara de mis viejos queridos, aguantaban las lágrimas heroicamente y yo hacía lo mismo para no entristecerlos aún mas. Se iba su hijo, se iba muy lejos y sabe Dios cuando la vida nos volvería a cruzar. Llegó la hora, había que cruzar a ese sector invisible a los ojos de los que se quedan llamada sala de embarque, la antesala del adiós definitivo. Los abrazos eran casi eternos, las lágrimas contenidas no aguantaron mas y mojaron las mejillas, las miradas lo decían todo porque las palabras salían entrecortadas, ese agarrón de último momento que te decía "andá andá! que se te va el avión!" pero que no soltaba mi mano. Diez metros, quizás menos recorrí hasta perderlos de vista, caminando hacia atrás para verlos hasta último momento.No había vuelta atrás. Ahora sólo mi memoria recordaría sus rostros, sus palabras de aliento, mi mente comenzó a trabajar como lo hace un disco duro buscando información, tratando de rememorar cada mirada, cada palabra, cada instante vivido con ellos, Era lo único que quedaba ahora. Frente a mí, una gran cristalera y de fondo, mi avión, rugiendo como un león embravecido, listo para despegar. Me tocó ventanilla. A mi lado, un muchacho que no paraba de temblar me miraba como potro que iba al matadero. "Tranquilo", le dije, "es el medio mas seguro de viajar", pero no lo convencí. Mientras tanto miraba por la pequeña ventanilla la última imágen de mi Buenos Aires querido, aquel donde juré morir y ahora me veía partir. Pensaba en mis padres, en mis amigos, pensaba en quien me esperaba del otro lado, sentí tristeza, expectativa, angustia, miedo, alegría, todo junto, me latía el corazón a mil y no aguanté mas. Lloré. Lloré casi todo el viaje y del cansancio me dormí. Al abrir los ojos un Sol nuevo iluminaba mi rostro, observé por la ventanilla ese nuevo mundo, del que siempre había escuchado hablar, sobrevolé Casablanca, El Sahara y ahí la vi. Mi nuevo hogar me esperaba, para empezar de cero, por un mañana mejor. Sólo espero que haya valido la pena, yo creo que si.