BUENOS AIRES SIGLO XX

Contar la historia de un país, es contar también la de su gente. Para entender el presente es necesario repasar el pasado y eso es lo que intento a través de este blog, con un agregado personal, contar la historia de mi familia dentro del contexto sociopolítico de la Argentina. La historia debería ser leída desde la primera entrada, donde narro mi partida del país hacia Europa, el viaje justamente inverso que hiciera mi abuelo Francisco con una maleta cargada de sueños y la esperanza de un mañana mejor.

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jueves, 3 de mayo de 2012

1932. Presidencia de Agustín P. justo. El fraude patriótico, a salvo.


           20 de febrero de 1932. Agustín P. Justo, militar, diplomático y político argentino,  ocupaba ahora el sillón presidencial que le dejara su antecesor, el  General  Uriburu.  Justo fue elegido presidente el 8 de noviembre de 1931 apoyado por la dictadura militar gobernante y por los sectores políticos que integraron poco después la Concordancia, alianza formada por el Partido Demócrata Nacional, la Unión Cívica Radical Antipersonalista y el Partido Socialista Independiente. Sobre las elecciones que lo consagraron pesó la acusación de fraude electoral – el llamado fraude patriótico fue un sistema de control establecido entre 1931 y 1943, mediante el cual los sectores conservadores buscaron evitar el acceso del radicalismo al poder y tuvo durante su gobierno la persistente oposición de los sectores yrigoyenistas de la Unión Cívica Radical.



            Justo inició su mandato condicionado por la grave recesión económica que aún no presentaba signos de recuperación. Estos recién empezaron a notarse hacia 1934 debido al aumento de los precios agropecuarios y al retorno de inversiones extranjeras.
         En el aspecto político contaba con el apoyo del  Congreso y las provincias, ya que el conjunto de partidos que lo apoyó (La Concordancia) agrupaba a la mayoría de las provincias excepto Santa Fé y Entre Ríos, y los parlamentarios.
         El radicalismo, que ya había sido vetado de las elecciones presidenciales  en tiempos de Uriburu, había provocado varios levantamientos durante el gobierno de Justo, pero habían sido reprimidos mediante la implantación del estado de sitio y la detención y la deportación de todos sus dirigentes. Dentro del propio radicalismo surgió un grupo disidente, contrario a la dirección alvearista. Criticaban su escaso empeño en defender la  independencia económica a lo que llamaron “coloniaje británico” frente a lo que soportaba la república. Propiciaban un regreso a los ideales Irigoyenistas. Este grupo de disidentes, que criticaba las reformas financieras, contaba entre sus primeros hombres a Del  Mazo, Luis Dellepiane y en una segunda etapa a Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche.
              Mientras tanto, las manos de Francisco, aquel inmigrante aporteñado llegado de Italia hacía ya diez años, dominaban con habilidad el volante del taxi que conducía hacía ya muchos años.  Recorría las calles de Buenos Aires con soltura, intentando aislarse de toda cuestión política, sin embargo,  se daba de frente contra ella en cada esquina o en cada charla con algún pasajero.  La crisis no le daba golpes de nock out, pero le iban taladrando el semblante, sus ganas, sus sueños. Justo  en esos momentos recordaba porque emigró a este país, cuáles eran sus objetivos, tarareaba un tango, aquél que supo recibirlo en el puerto de La Boca, asomaba la cabeza por la ventana dejando que el viento acariciara su negra cabellera. Haciéndole honores a la fama de los italianos, su obsesión era trabajar interminables horas. Desde el mediodía hasta bien entrada la noche, su taxi era testigo mudo de una agitada vida porteña, pasando de un intransitable microcentro gobernado por ejecutivos de alto standing y trabajadores apurados a otro, dominado por las destellantes luces de Neón de la Avenida Corrientes, que por entonces estaba siendo ensanchada, obra que concluyó en 1936. Con una longitud de 8.6 kilómetros, la Av. Corrientes reunía la ciudad financiera, la del ocio y el entretenimiento, la Buenos Aires  tanguera a su paso por El Abasto, terminando su recorrido en el cementerio mas grande de la Argentina, el Cementerio de la Chacarita.
         El mismo día que asumió Agustín P. Justo como presidente, el indulto del General Uriburu le permitió a Hipólito Irigoyen, el otrora presidente democrático de la UCR, desembarcar silenciosamente en Buenos Aires.
El nuevo gobierno constitucional tuvo que afrontar una dura situación económica y social. Entre otras medidas, se emprende un “emprésito patriótico”, mediante el cual se busca reforzar las arcas del fisco. El impuesto sobre la nafta sirvió para financiar la recién creada Dirección Nacional de Vialidad, que acometería la mejora de la red vial.  Su primer ministro de Hacienda, Alberto Hueyo, tomó medidas sumamente restrictivas sobre la economía. El socialista independiente, Antonio de Tomaso, en Agricultura  lo acompañó, se redujo el gasto público, se contrajo la circulación de la moneda y se aplicaron medidas de austeridad fiscal.  



También fomentaría este proyecto, el intendente de Buenos Aires,  Mariano De Vedia y Mitre, que emprendió un ambicioso proyecto de organización urbana, abriendo las Diagonales Norte y Sur, pavimentando la General Paz, ensanchando la Av. Corrientes, construyendo el primer tramo de la Av. Nueve de Julio y erigiendo El Obelisco.
      La sustitución de Hueyo por Federico Pinedo, del partido Socialista Independiente marcó un cambio en la política de gobierno.  La intervención en la economía se hizo mas marcada, creándose la Junta Nacional de Granos, la de Carnes y poco mas tarde, con el asesoramiento del economista inglés Otto Niemeyer, se crearía el Banco Central de la República Argentina.
 Justo debió hacer frente a los resultados de La Gran Depresión que había acabado con el superávit comercial  y el pleno empleo de los gobiernos de Irigoyen y Alvear.
           En 1933 tuvo acontecimiento uno de los sucesos mas controvertidos de este gobierno, cuando las medidas de protección de la producción adoptadas por el Reino Unido llevaron a Justo a enviar a su vicepresidente a tratar la adopción de un acuerdo comercial que obtuviese condiciones ventajosas para la Argentina. Los británicos habían adoptado, en la Conferencia de Ottawa de 1932, medidas tendientes a favorecer la importación procedente de sus colonias y dominios; la presión de los hacendados argentinos para que el gobierno restaurase el comercio con el principal comprador de granos y carne argentinos había sido enorme. Las negociaciones, lideradas por el presidente del concejo de comercio británico, el vizconde Walter Runciman, fueron intensas y resultaron en la firma el 27 de abril del Pacto Roca-Runciman. Este pacto fue denunciado unilateralmente en 1936 por el Reino Unido; las tratativas para sostenerlo desembocaron en la firma de otro tratado, el Malbrán-Eden, que fijó fuertes aranceles a la importación de carnes argentinas en Gran Bretaña.

Firma del Pacto Roca - Runciman


                En 1934 tuvieron lugar las primeras elecciones desde la presidencia de Justo. El abstencionismo de los radicales favoreció al partido Socialista, pero el fraude masivo aseguró que todas las provincias, salvo Santa Fe y San Juan, quedasen en manos de la coalición gobernante.
                En el año 1935, se realiza el primer censo industrial el cual arrojó el dato de 600.000 trabajadores ocupados en la actividad. Se sancionaron leyes regulando la actividad bancaria y las inversiones.  Las condiciones ofrecidas para el asentamiento de capitales extranjeros fomentaron la industrialización, sobre todo en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, donde se radicaron empresas alimentarias como Adams, Suchard, Royal, Quacker, otras de caucho como Firestone, las eléctricas Eveready, Osram y Philco y las textiles Ducilo y Sudamtex.
            Las primeras grandes empresas argentinas empiezan a cobrar interés, como Di Tella, que fabricará electrodomésticos y automóviles.
           En 1936 las movilizaciones obreras condujeron a que un congreso constituyera en su forma definitiva a la Confederación General del Trabajo. La nueva conducción, en apoyo a los trabajadores de la construcción, declaró el primer paro en años. Antes la formación de piquetes que limitaban la circulación pública y organizaban mítines para movilizar a los indecisos, la policía recibió orden de intervenir y actuó con dureza. En Plaza Once, donde se produjo la principal concentración, las acciones se saldaron con muertos, heridos y más de dos mil detenidos. Los obreros de la construcción, en el centro de la disputa, se organizaron en la Federación Obrera de la Industria de la Construcción, afín al Partido Comunista.  Un viejo proyecto de ley de Sánchez Sorondo se dio a trámite para obtener la ilegalización del PC, a la que de la Torre se opuso con fiereza. El 1 de mayo de 1936 la CGT convocó a un acto multitudinario, en el que por primera vez se reunieron todos los partidos de la oposición y el movimiento obrero. Ese mismo año la presión sindical obtuvo la sanción de la Ley 11.729 de contrato de trabajo para el sector servicios.
        Ese mismo año, las divisiones en el seno del radicalismo se acentuaron por influjo del escándalo de la renovación de la concesión de la Compañía Hispano-Americana de Electricidad (CHADE), que había sobornado a los ediles para obtenerla, pese a haber sido objeto de numerosas críticas por el incumplimiento de las condiciones de concesión, el aumento explosivo de las tarifas y la deficiente o nula provisión de servicio en las áreas menos rentables. En incidentes relativos a ellos, el joven dirigente yrigoyenista Arturo Frondizi fue agredido a tiros.
       Mientras tanto, Francisco, acompañaba con su sacrificio y su “polenta” italiana los compases de la agitada vida porteña al igual que un bandoneón lo hace con la letra triste de un tango. Sus ojos se empapaban de historias, de sucesos, de anécdotas relatadas por desconocidos pasajeros de un taxi que le daba el sustento para llegar al día siguiente.  Francisco, a pesar de la nostalgia, se sentía seguro en un país que se encontraba lejos del fascismo de Mussolini, que por ese entonces preparaba su invasión a la capital Etíope con el fin de sumar territorios, hecho que tuvo lugar el 5 de mayo de 1936. A Francisco se le entristecía el alma al ver a su nación guerreando por Europa. Argentina le daba, a pesar del agite político y social, una cierta tranquilidad y trabajo asegurado.
         En 1935 Marcelo T. de Alvear, había vuelto del exilio llevando al fin de la abstención electoral. La decisión causó el retiro de FORJA de la UCR y obligaría a la Concordancia a apelar nuevamente  al fraude y la represión para evitar la derrota en las urnas.
Alvear representaba el principal obstáculo de la Concordancia, la cual les opuso la candidatura del radical antipersonalista Roberto M. Ortiz y el conservador Ramón Castillo. En septiembre de 1936 se realizaron las elecciones, en las que hubo incidentes con muertos y heridos, así como la intervención policial contra los fiscales de la oposición fueron frecuentes; varias provincias fueron intervenidas, entre ellas Catamarca, al frente de la cual Justo había colocado al ultranacionalista y filonazi Gustavo Martínez Zuviría.  Las cruciales provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Mendoza quedaron en manos de la Concordancia, que finalmente consagró a Ortiz como presidente.
También en este año sucedió un hecho trágico para la historia argentina, la recordada “Masacre de Oberá”. El domingo 15 de marzo de 1936 colonos ucranianos, rusos y polacos, en su mayoría, realizaron una marcha de protesta hacia el pueblo de Oberá para reclamar mejores precios para sus productos y fueron sorprendidos a balazos por la policía. El origen étnico de los colonos implicaba una adscripción de tipo ideológica, en donde, según diversas fuentes los colonos que organizaron la marcha eran calificados como “comunistas”, “agitadores profesionales”, “agitadores extremistas”. 
Colonos de Oberá


Si bien no se puede descartar la posibilidad de que entre los colonos hubieran existido lideres comunistas y que habrían participado de la organización de la manifestación, no se registraron evidencias que así lo demostraran. Lo cierto es que existía cierta hostilidad hacia los denominados “comunistas”. Hostilidad acentuada por un marco político nacional de fuertes rasgos autoritarios y nacionalistas y por cierto ambiente de pánico en Oberá, estimulado por la policía, a partir de ciertos rumores que hacía que los comerciantes creyeran verdaderamente que los colonos venían a asaltar el pueblo. La cifra de muertos de aquella masacre no son precisas y oscilan entre 300 a 500 las víctimas.
 Aquella mañana fría y húmeda, Francisco, sentado en aquel bar de Villa Devoto, apuraba un café y apretaba entre sus puños aquella carta llegada de Italia. En ella, algunos familiares reunieron relatos de su tierra con la esperanza de que no la olvidara ni los olvidara a ellos.  Recordaba su  tierra con dolor desgarrador pero amaba la que ahora pisaba.


Como siempre, sentado junto a ese ventanal, se entregaba a los acordes de aquel bandoneón atrapado en aquella radio desvencijada.

Buenos Aires iba cerrando un nuevo capítulo en su historia política, en cambio él estaba recién empezando el suyo.